Era viernes, caluroso para mi gusto, sobre todo tratándose del mes de octubre.

En mi calidad de integradora, entré al aula; escuchando las risas y cuchicheos de siempre, aunque enseguida me dí cuenta de que los chicos estaban especialmente inquietos ese día.

Silvia, la maestra de grado, me dijo: - Es que vamos a hacer los regalitos para el día de la madre...- Como excusándose del bullicio creciente. - Te ayudo, entonces...- le dije. Y comencé a sacar de mi maletín mágico sellitos con forma de corazón y pinturitas raras.

Yo me sentía mareada. Una convulsión interna me azotaba y un extraño desconsuelo se iba apoderando de mí. Me parecía raro, dado que me encantaba asistir a ese grado, especialmente con ese grupo de niños.

Seguí, casi mecánicamente, ayudando a los niños en su tarea. Sellitos por aquí, lazo en la cinta por allá. Ellos, terminaban y me iban mostrando inmediatamente sus trabajos: - ¿Te gusta, Seño?- - Mirá yo le puse: A la mejor mamá...- A mí me quedo un poco torcido...¿te gusta igual?-.

Yo no entendía esa rara tristeza y seguía como una autómata alimentando ilusiones, ayudando a que los obsequios quedaran bellísimos. Seguramente, serían, en la mayoría de los casos, los únicos en el festejos del día domingo.

De pronto, una manito en mi hombro y la voz chiquita de Azul, que me dice: - Éste es para vos...- Y un "te quiero mucho" volaba sobre una nube azul. Pensé lo de siempre: los chicos siempre saben. Le sonreí y le dije gracias.

Cuando la maestra escribio en el pizarrón 17 de octubre, volví a sentir el aroma a rosas de aquella vez. Un día, igual a éste, hace muchos años, moría mi madre. Y yo regresaba con mi propio regalo del colegio, con siete añitos... los mismos que tenían los que hoy me rodeaban.

La extraña sensación, cedió. Me puse de pié de golpe, sacudiendo una lágrima.

Me despedí rápido, sin contarle a nadie que ese día había estado allí una nueva compañerita. Levanté la mano y me dije adiós.

Lucrecia M.