Cuando él me miraba, siempre me enternecía. Estaba paciente, sentado a mi lado, hasta que yo dejaba de trabajar ; esgrimiendo mi último gesto de cansancio.
Hubo días, en que no le tuve paciencia, es cierto. Eso de estar siempre de buen humor y dispuesto a brindarme una caricia, puede ser hartante. Sobre todo, cuando llegaba cansada y su alegría no me resultaba tan contagiosa.
Mi regazo y mi mano, eran los sitios los sitios favoritos, en donde descansar su amor por mí.
A veces, se iba lejos. Mi corazón, en esas ocasiones, latía de prisa, por temor a que algo le sucediera y no regrese. Siempre podía enamorarse por ahí, caer rendido a los pies de alguien y no encontrar el camino de regreso.
Solíamos ir al jardín, a observar las mariposas. Acción en la que me acompañaba silencioso y asombrado.
Siempre entendió, que cuando yo estaba enojada, debía mantenerse lejos y no molestar. Pero, claro, también hubo días de fiesta, en que bailábamos, corríamos y bajábamos las escaleras, como dos poseídos.
Lo extraño tanto...
Las grandes ciudades tienen eso de impiadoso, no poder tenerlo conmigo.
Hay días,en que cuando giro la llave en la cerradura, creo que vas a salir a recibirme, y hasta escucho olisquear a través de la puerta.
¡Pucha!No haberte recibido como parte de mis bienes gananciales.
Cinco, mi amigo. El quinto integrante de mi familia.

Lucrecia M.