Una leyenda,
contó una vez mi abuela.
Una leyenda quechua.
Un indiecito hizo subir
a un árbol a su hermano;
dejándolo allí arriba para siempre...
cortándole las ramas, con engaños.
-¡Cacuy!- gritaba sin consuelo,
en lo alto el muchacho.
-¡Cacuy! No me abandones...-
La noche iba llegando.
Y pasaron los días;
empezáronle a salir plumas
y se tranformó en un pájaro.
Es aquel que canta con tristeza
las tardes de verano.
Hoy pensaba...
cuántas veces, el clamor del cacuy,
nos ha llegado,
cuando dejamos solos
hermanos en desgracia.
Haciendo oídos sordos
si nos piden piedad en su llamado.
¡Cacuy!- gritaba el indiecito,
en lo alto del árbol.
¡Cacuy!- nos gritan
nuestros propios hermanos.
Aquellos que hoy nos necesitan.
Necesitan tambien,
de nuestras manos.
¡Cacuy!- gritaba el indiecito-
Ésta vez, tenemos que escucharlo.

Lucrecia M.

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