La Coctelera

Categoría: Poetas de mi pueblo

Maria del Pilar Lencina, poeta


Vive en Reconquista, provincia de Santa Fe.Hacedora de poesìa. Caminante eterna de las calles de la ciudad.Habitué del café más popular, donde gran parte del dia lo pasa leyendo y escribiendo. Una trabajadora laboriosa de las letras.Defensora aguerrida, de la mujer y su dignidad.Alguien que se merece mi respeto y cariño.


Cuando mis ojos reviven la locura

Se diluye el aire en tantos círculos como ojos tiene el mundo.
Mis ojos en un círculo pasean la irreversible locura cotidiana
engendran la esperanza y diluyen los crepúsculos.
No sé qué círculo en el mundo me ha engendrado
ni donde posarán mis ojos el último día.
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Las viejas voces

He guardado secretamente las voces
no sé, si alguien las escuchará alguna vez.
He pactado con el silencio y con el olvido
he pactado santamente con mi vida.

Nota: Estos poemas pertenecen a "Las voces del ángel".

Diálogo de tres


Hoy estuve de paso
en una casa
que no pudo comprar televisor.

Me apenó
ver la gente dialogando,
un muchacho
sentado en un sillón,
leyendo una novela de aventuras
y dos chicos
jugando a los "cowboys"

Me dió pena
una madre con su hija,
hablando de la vida y del amor,
a la hora de la telenovela
que nos llega tan hondo
al corazón...

Escapé como pude
de ese infierno,
alquilé un video
Rambo Dos,
y me fuí para ver como Grondona
explicaba la Incomunicación.

Francisco "Paco" Moreno - Reconquista

Pablo Alcides Pila, el poeta de mi pueblo...

El sábado 30 de setiembre, cumplió sus primeros setenta años, un señor al que admiro mucho. Poeta, investigador, maestro, periodista radial y televisivo, decidor de la historia de mi pueblo. Claro está, tambien padre y abuelo. El orden prioritario de los títulos que le fue dando la vida, no lo sé; pero si de algo estoy segura, es que trabajo en cada uno de ellos con esmero. Con dedicación y responsabilidad.
En éstos días que corren, no es fácil, haberse ganado el respeto y el cariño de toda la gente que lo conoce: sus hijos, sus nietos, sus alumnos, sus amigos y por qué no, también de algún enemigo.
No creo que el lea esta página, ya que todavía no se amiga con la tecnología. Sigue usando su vieja Olivetti, de letras pesadas...
Pero, quisiera, que otros sepan de él. Y darle, públicamente gracias, en nombre de todos los que diariamente aprendemos a querer la tierra que pisamos. Esta aldea que muchos aprendimos a valorar a partir de su voz y su memoria.
Su bibliografía es extensa y variada, difícil seleccionar algo que lo represente cabalmente. Pero, desde mi condición femenina, me atrevo a elegir este poema:

ARDE EL CIRIO

Les presento a mi padre. Aquel que vuelve
cada noche en la estrella y en la sombra,
el que mira mis ojos y el que nombra
los dilemas que oculto, y los resuelve.

Nunca llega a culparme, ni me absuelve:
soy uno en este mundo que se asombra
de todo lo que da, ya siendo sombra,
este finado padre, cuando vuelve.

No se escucha su voz, pero en mi pecho
cabe como campana de la tarde:
eco nomás bajo apacible techo.

No lo veremos más, pero lo siento
en el cirio tenaz que siempre arde
más y mejor cuanto mayor el viento.

Pablo Alcides Pila (1983)

Magia de niño - (Gracias Tao, por tu fuerza)

Nunca supuse, hijo, que me dieras
de nuevo el sol y el aire del verano,
aquellos que se fueron de la mano
con mis gritos de gol y mis gomeras.

Pero hoy corren contigo las aceras
y viven en tu paso cotidiano,
persiguiendo la gracia del vilano
y pinchando el jabón de las esferas.

Tengo un tiempo de hamaca y calesita,
de cuentos para el sueño y el puchero,
de barriletes, fútbol y potrero.

Un tiempo, en fin, que has convocado
como el mago que gira su varita
y confunde presente con pasado.

Pablo Alcides Pila - Poeta de Reconquista

Entre palabra y silencio hay tristeza desnuda como

Entre la palabra y el silencio
hay una tristeza desnuda
como un murmullo que viene
desde los lejanos patios de la infancia.
Una tristeza obstinada
encendiendo sus penúltimas luces,
donde la nada trabaja a destajo
urdiendo su lenta trama,
extendiendo sus manos de pordiosera,
sus piernas llenas de calamidades
a un lado y otro del camino,
como hileras de casas cubiertas de polvo y espanto,
exigiendo diezmo a diezmo,
hasta que el resto es tan poco que ya no vale la
/pena

Sergio Mansur- (Reconquista, 1967)

Historia de dos centavos

Los lunes de verano, la plaza de Reconquista podía deparar buenas sorpresas. Por lo menos para mí, que había descubierto un gran secreto: a la gente se le caía siempre, alguna moneda.
Pero antes tengo que hablar del domingo en la plaza. En la rotonda que rodea el monumento al general obligado, se daba “la vuelta del perro”. Parejitas, señores y señoritas, tejían redondas relaciones con señores y muchachos. Saludo va, encuentro viene, un mundo de dimes y diretes hervía en aquella cacerola de los domingos.
Pero lo más importante eran los bancos. Clásicos bancos de plaza de tablillas sostenidas por patas de hierro llenas de firuletes incómodos, marcaban la cola, pero permitían que por las ranuras se cayeran cosas.
No sé cómo, una tardecita rosa y celeste, en medio de los gritos del “chocolatero”(Que vendía de todo menos chocolate, con semejante calor) y los empujones de otros chicos, vi que debajo de los bancos podía encontrarme con sorpresas. Fue un instante de lucidez. A la mañana siguiente, tempranito, fui a la plaza. Todo era otra cosa. Un mundo de rocío, de pájaros, de bancos vacíos. Y debajo de los bancos, miles y miles de papelitos de bombones que los chicos juntábamos con fanatismo para alisarlos con la uña y guardarlos en una caja. Pero lo mejor de lo mejor era la infaltable moneda de diez centavos que ningún lunes de aquel verano deje de encontrar.
Con los bolsillos llenos de papelitos y la moneda apretadísima en el puño iba corriendo a la librería de los Mariani y compraba allí mi logro de la semana: un librito de cuentos que reservaba celosamente para la hora de la siesta. La vieja colección “La abeja” y la más vieja “Marujita”, llenaron estantes, cajas secretas, sirvieron para cambiar cuentos con los otros chicos para clasificarlos, o contarlos y apilarlos con avaricia.
Los libros eran chiquitos, con dibujos en blanco y negro. Nadie se preocupaba porque no tuviera las manos limpias para tocarlos, no había miedo de romperlos. No eran sagrados para los grandes. Eran libritos de diez centavos.
Además, “las” Mariani eran fuera de serie. Funcionaban como biblioteca circulante, pero gratis. Cuando yo aparecía, sabia que podía leer sentada en un hueco del mostrador. Podía terminar uno y sacar otro. Podía no leerlo. Podía comprarlos, apilarlos, medirlos. Podía sentirme mano a mano, con los libros. Hoy pienso que esos diez centavos rindieron en aquel momento mucho más que un millón de dólares.

Laura Devetach

Nació en Reconquista, provincia de Santa Fe (Argentina), el 5 de octubre de 1936.

MAGIA DE NIÑO

Nunca supuse, hijo, que me dieras
de nuevo el sol y el aire del verano
aquellos que se fueron de la mano
con mis gritos de gol y mis gomeras

Pero hoy corren contigo las aceras
y viven en tu paso cotidiano,
persiguiendo la gracia del villano
y pinchando el jabón de las esferas

Tengo un tiempo de hamaca y calesita
de cuentos para sueño y de puchero,
de barriletes, fútbol y potrero.

Un tiempo, en fin, que has convocado
como el mago que gira su varita
Y confunde presente con pasado

PABLO ALCIDES PILA